Encéfalo disperso

Algunas ideas sobre sociología, cómics, estadística, narratología, marketing, psicología, videojuegos, mitos y religiones o redes sociales. Asuntos que no son radicalmente dispares, pero sí lo suficientemente inconexos como para que su único hilo conductor sea, a falta de otra cosa, un encéfalo disperso. El de Joaquín Ágreda Yécora, para ser más precisos.

Cartografías fraudulentas (I)

Mientras Driscoll comenzaba a caminar por encima del tronco gigante, Denham miró hacia abajo. El barranco era muy profundo y en el fondo se veía un grueso depósito de barro y cieno. A lo largo de ese hediondo depósito y también en las escarpadas laderas aparecían cuevas estrechas como bocas y, en la roca, largas fisuras dentadas (…) Una araña semejante a un barrilete de muchas patas salió reptando de una cueva. En un saliente soleado se calentaba algo que, de no ser por su tamaño, podría haber sido una lagartija. La araña avanzó hacia ella, luego cambió el impulso y buscó una presa más pequeña. Encontró un objeto redondo y reptante con tentáculos semejantes a los de un pulpo. La araña se lanzó al ataque. Tanto el insecto-pulpo como la araña desaparecieron en una fisura.

–     ¡No voy a caminar por el tronco con esas cosas ahí debajo! – declaró un marinero.”

De acuerdo, no es una de las páginas más brillantes de la literatura. Es la traducción pobre de un texto mediocre. La adaptación novelada de la película King Kong, escrita en 1.933 por Delos W. Lovelace no necesitaba ser publicada y el encargo podría haberse ejecutado con más habilidad. Pero, por otra parte, no me negarán que es saludable empezar un artículo con estos tipos cruzando un precario tronco tendido sobre un pozo infestado de monstruos. Peores comienzos de ensayo se han escrito, ¿no? Por otra parte, necesitaba un ejemplo.

 Este arranque caprichoso viene a cuenta de algo en lo que he caído. Una intuición que me ha sorprendido: todos recordamos lugares que no hemos visitado. Seguro que le resulta fácil visualizar en este momento la descripción con la que se abre este artículo (“Mientras Driscoll comenzaba a caminar por encima del tronco gigante..”). Y también es seguro que lo que le viene a la memoria no es la sucesión de letras ordenadas en palabras y líneas, ni los espacios en blanco entre ellas. Con toda probabilidad lo que recuerda, de manera más o menos nebulosa, es la imagen de un paisaje. Uno que no ha visitado jamás, uno que nunca ha sido contemplado por sus propios ojos. En realidad se trata de uno que poquísimos han llegado a ver. De hecho, la mayoría de ellos ya habrán muerto. Este pasaje corresponde a una escena de King Kong, filmada pero eliminada del montaje final tras los primeros pases con público, por resultar aterradora en exceso para la audiencia de la época. Sólo nos quedan ese párrafo, un par de fotos fijas y algún boceto a lápiz del diseñador artístico (vale, Petter Jackson la ha filmado un par de veces: en su nueva versión de King Kong y recreando la tecnología de los años treinta, en un corto distribuido en el DVD de la remasterización del film original. Pero ninguna es la escena que rodaron Cooper y O´brien y cuyo relato hemos copiado arriba).

Cualquiera puede describir la idea que se ha hecho de un lugar en el que no ha estado. Da igual que sea recordado a partir del letárgico relato de las vacaciones exóticas de un vecino, como de la prolija descripción presente en una novela decimonónica. Es un hecho prosaico, tan habitual que es automático y pasa desapercibido. Pero a mí me parece algo muy misterioso: Todos recordamos lugares que no hemos visitado.

El caso más extremo de este hecho cotidiano se da cuando lo que nos cuentan ni siquiera existe. Me refiero especialmente a los escenarios puramente imaginarios descritos en obras de ficción. Allí donde no ha puesto el pie la mano del Hombre. Como el barranco poblado de seres de pesadilla que corta en dos la Isla de Kong. Cómo la mayor parte del plúmbeo relato del vecino. Porque, desde que la humanidad escribe, o desde que habla, los mundos inventados han resultado tan atrayentes para quienes los reciben como las descripciones de las topografías más realistas. Es una tradición antiquísima, a la que no ha mermado atractivo la convicción de que sean pura fantasía del autor. Antes al contrario, ubicar una trama en una isla fantástica, un universo paralelo, un país fabuloso o un planeta prohibido parece haber aumentado la fama de la obra y su público, aun antes de que Guttemberg y los Lumiere inventasen la producción de sueños en serie.

Por otra parte, ¿cuántas veces un espacio real, a fuerza de ser descrito en muchas obras de ficción, se ha convertido en un lugar tan mitológico que casi, secretamente, nos decepciona visitarlo? ¿Qué hubiera sido de Nueva York sin el cine o de Troya sin la épica griega?

En ocasiones, la geografía de los lugares inexistentes ha sido pacientemente recogida en mapas. Hay algo fascinante en todas esas minuciosas reconstrucciones cartográficas  de lugares que jamás existieron fuera de la mente de quienes los han concebido. El mapamundi colosal de la Tierra Media, el plano de la isla que cobija el tesoro de Flint, el mundo perdido de bestias antediluvianas descubierto por Mapple White… son mapas indisolublemente unidos a las ficciones que acompañan. Dibujan una geografía real, detallada, concreta, verosímil… de un destino inverosímil, ambiguo, irreal. Falso.

Pero tanto esfuerzo ¿para qué? Con el fin de aclarar la posible finalidad de estos mapas, creo necesario perfilar una clasificación primaria de los mismos. Encuentro dos tipologías básicas: Los mapas dibujados por los propios autores de las obras y los elaborados por sus lectores o espectadores.

En este segundo caso, cualquier persona razonable encontrará serios indicios de una perversión: el intento infantil, o incluso patológico, de recrear un entorno irreal como inútil refugio escapista de los sinsabores de la vida real. Ahí tenemos a los fanáticos de Lovecraft reconstruyendo cada esquina de la inexistente ciudad de Arkham; a los incondicionales de La Guerra de las Galaxias intentando dar una ubicación exacta a planetas imaginarios, preservando las distancias estelares con un celo por la coherencia trágicamente abocado al fracaso; o a los entusiastas medievales del Génesis, grabando xilografías del Jardín del Edén, con los cuatro ríos brotando de un centro en el que crece el Árbol de la Ciencia, del que se sirven Adán y Eva.

No debo ser persona muy razonable, puesto que algo me hace dudar de esta interpretación de la cartografía como enfermedad. De hecho, esta pasión absurda por hacer real una topografía inexistente  en ocasiones ha dado frutos que ninguna persona de provecho tacharía de infantiles. El oficial holandés Van Steyn Hensbroek fue siguiendo el rastro de las leyendas indonesias sobre dragones míticos y los relatos sobre serpientes marinas de los pescadores de perlas. De cuento en cuento y de isla en isla, dio con una especie, desconocida para la ciencia occidental, de reptiles enormes, el varanus komodiensis, los dragones de la Isla de Komodo. Nadie se rió, tampoco, cuando el arqueólogo aficionado Schliemann dio con el emplazamiento exacto del tesoro del Rey Príamo, tras encontrar las ruinas de Troya. Para entonces ya eran consideradas pura leyenda por los desengañados académicos que habían fracaso en su búsqueda. La guía de Schliemann, su mapa del tesoro, fue únicamente La Iliada de Homero, seguida paso a paso.

 La otra categoría pseudocartográfica, la que recoge los mapas diseñados por los creadores de la obra que los justifica, puede ser explicada también recurriendo a la lógica práctica. Stevenson, Tolkien o Conan Doyle tuvieron que conocer palmo a palmo los entornos en los que situaban a sus personajes para no perder la mínima verosimilitud exigible. La Isla del Tesoro mide tanto por tanto, y si Jim Hawkins debe fondear la Hispaniola lejos de los amotinados, tardará tanto tiempo en volver al fortín, lo que le hará llegar tarde al encuentro con sus camaradas, puesto que aquel ya ha sido tomado por los piratas de John Silver El Largo. Y Mordor está allá y Rivendell acá. Correcto. Pero entones, ¿para qué publicar estos mapas, si su función fue tan auxiliar a la creación final como los borradores desechados del relato?

Que estos falsos mapas hayan llegado a ser impresos nos pone en una incómoda situación: Son una prueba tangible de la realidad de la irrealidad, una evidencia sorprendente de la tendencia misteriosa de la ficción por hacerse real. O, al menos, de que lo imaginado (lo que no ha pasado por el filtro de los sentidos) es tan inequívocamente real como todo lo externo a la mente. Llevando esta intuición a sus últimas consecuencias, los mapas de lugares inexistentes, como objetos reales en sí mismos,  nos recuerdan la continuidad entre lo pensado y lo percibido, entre psique y materia: El Unus Mundus de la alquimia medieval, el Tao de la sabiduría asiática. La inquietante continuidad energía-materia-tiempo de la física cuántica y su irresuelta vinculación con la consciencia.

Todavía podemos acotar  una segunda función de la pseudocartografía, aunque su cualidad práctica seguirá siendo inaprensible a los más razonables. Al contrario que los prosaicos planos de carreteras reales, que aseguran con dócil precisión que llegaremos sin error al destino elegido, estos mapas fraudulentos de lugares imaginarios tienen un objetivo inmediato absolutamente inútil: Son mapas para perderse.

(Continuará, si alguien no lo remedia)

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