Encéfalo disperso

Algunas ideas sobre sociología, cómics, estadística, narratología, marketing, psicología, videojuegos, mitos y religiones o redes sociales. Asuntos que no son radicalmente dispares, pero sí lo suficientemente inconexos como para que su único hilo conductor sea, a falta de otra cosa, un encéfalo disperso. El de Joaquín Ágreda Yécora, para ser más precisos.

King Kong: la historial real

La película King Kong, el original de 1933, mucho más y antes que una ficción, es una historia verídica, prácticamente un documental. Una triple autobiografía rigurosamente exacta, excepto por un detalle: el gorila gigante es inventado. Todo lo demás, por improbable que parezca, fue absolutamente verdad.

Los títulos de crédito de la película nos informan que King Kong está dirigida por Merian Cooper y por Ernst Schoedsack, con guión, entre otros, de Ruth Rose. Más adelante aclaran que el actor Robert Armstrong encarna al personaje de  Carl Denham, que Bruce Cabbot aparenta ser Jack Driscoll y que Fay Wray hace de Ann Darrow. Pero esto es sólo una verdad a medias. Lo que los créditos esconden es que el temerario Denham es, en realidad, Merian Cooper, el creador de Kong; que el apuesto y valiente Driscoll es el codirector Schoedsack; y que Ann Darrow, la doncella en peligro, no es otra que Ruth Rose, la guionista del film. De la mano de esta última, esposa del segundo de ellos, las azarosas vidas del trío se convirtieron en la leyenda cinematográfica que conocemos.

 EL AVENTURERO

Al arrancar la película, un atribulado agente teatral busca el “barco del cine” en los muelles de Nueva York. El solícito práctico del puerto le informa e inquieta: “Sí, Carl Denham, creo que es un hombre que no le teme a nada. Si quiere una foto de un león, se acerca a él y le dice: Sonríe, por favor”. Más adelante la chica, Ann, lo reconoce cuando Denham le propone partir en el buque para hacer cine: “¡Sí! usted es el que hace esas películas de la selva”.

Sin duda, ese audaz documentalista de junglas, desiertos y glaciares fue Merian C. Cooper. Entre 1922 y 1928 rodó en las condiciones más precarias y peligrosas los documentales Ra-Mu, Grass, y Chang, más el drama Las Cuatro Plumas. Y lo hizo, básicamente, con un amigo, una cámara y la colaboración actoral de los nativos de Polinesia, Kurdistan, Tailandia y Sudán. Su concepción del cine incluía jugarse la vida filmando el ataque de tigres cuyo aliento empaña la cámara, escalar montañas de hielo, fotografiar estampidas de 300 elefantes desde una fosa cubierta por troncos o negociar con tribus guerreras su aparición en películas.

EL CAMARADA

 Su compañero en todas aquellas aventuras exóticas fue el cámara Ernst Schoedsack, al que conoció al término de la Primera Guerra Mundial, en la que ambos habían servido. En contraste con Cooper, Schoedsack era el tipo atractivo pero reservado, que dejaba a su expansivo amigo las relaciones públicas y la dirección de actores. Su fuerte era la fotografía. Aparte de estas diferencias, estaban cortados por el mismo patrón.

El tipo de cinéma vérité practicado por Cooper y Schoedsack fue fielmente sintetizado por Ruth Rose en una secuencia de la película. Rumbo a Isla Calavera, el personaje de Denham ensaya por primera vez con su protagonista, mientras la filma personalmente: “¿Se encarga siempre Vd. mismo de la cámara?”, pregunta la futura novia de Kong. La respuesta del personaje la pudieron haber dado Cooper o Schoedsack: “Desde un viaje que hice a África. Hubiera logrado una toma estupenda de un rinoceronte atacando, pero el cámara se asustó. ¡Cretino! ¡Yo estaba junto a él con un rifle! Desde entonces he prescindido de los cámaras”. No es una anécdota inventada, como apuntan los biógrafos: “Las dudas de Schoedsack sobre su fotógrafo pronto se vieron confirmadas. El primer encuentro con un tigre (en Sumatra) lo aterrorizó tanto que se intensificó su problema con la bebida, hasta que se convirtió en un perfecto inútil. (…) Schoedsack terminó embarcándolo rumbo a Europa y rodó la mayor parte (del film) él mismo.”

LA BELLA

 ¿Y qué pintaba en todo esto la guionista Ruth Rose? En los primeros años veinte era una actriz de reparto en Broadway. Sin haber alcanzado la fama en los escenarios, se embarcó, casi por casualidad, en una expedición científica al Archipiélago de las Galápagos. Sin cometido fijo, como asistente del zoólogo Beebe, empezaba a considerarse un estorbo entre los tripulantes, científicos y fotógrafos del barco. Uno de estos últimos, acostumbrado a emociones más fuertes que filmar perezosas iguanas, empezó a rondar a Rose. Y la chica no evitó a aquel tipo duro, taciturno e irónico, pero alto y varonil. Tal como ocurre a bordo del Venture en su travesía hacia la Isla de Kong. Aquel fotógrafo, claro, se llamaba Schoedsack, y estaba allí para sacar financiación adicional con la que viajar a Sudán, en compañía de Merian Cooper. Mucho dinero no debió aportar, pero se presentó ante Cooper con una nueva compañera de viaje, su esposa Ruth.

No iba a ser la primera vez que Cooper y su amigo salían de aventuras acompañados por una mujer. La aguerrida Margueritte Harrison, espía norteamericana en la incipiente Unión Soviética y luego exploradora, los había acompañado a las cumbres inaccesibles del Kurdistan en la peligrosa filmación de la espectacular Grass. Aunque bien avenidos, a Cooper le irritó bastante la presencia de Harrison, y esperó lo peor de Ruth Rose.

Al mismo tiempo, Cooper se resistía a las presiones de productores y críticos para que incluyese amoríos en sus épicas filmaciones, con el fin de atraer a la audiencia femenina.  En una entrevista, el dúo de aventureros se quejaba de esto: “Parece que todo el mundo piensa que las historias, para ser vitales, tienen que incluir una intriga amorosa. Que una película no puede ser buena si no está construida alrededor de una escena apasionada entre un hombre y una mujer. Eso es un error. Nuestras lentes no enfocan estúpidos primeros planos de niñas enamoradas, sino las luchas elementales entre naciones y sus problemas fundamentales, entre el hombre y la naturaleza”.

Estas palabras se publicaron varios años antes de que Ruth Rose escribiese el siguiente diálogo del film: “Nunca ha llevado una mujer en sus películas. ¿Por qué ese empeño en ésta, Denham?” “¿Piensa que a mí me gusta cargar con una mujer por capricho? ¡Porque el público lo exige! Quieren contemplar una cara bonita… ¡Qué tiene eso que ver! Puede haber romanticismo en una aventura sin que haya faldas por medio”.

Sin embargo, Ruth Rose demostró ser uno más en el difícil rodaje de Las Cuatro Plumas. Y eso que entre las escenas se cuentan estampidas reales de babuinos e hipopótamos, ríos infestados de cocodrilos o escaramuzas de las orgullosas tribus Fuzzy Wuzzie, armados de verdad y entonces en guerra contra sus vecinos. Resumiendo, su botiquín y su rifle sacaron a los chicos de algunos apuros.

LA ISLA PERDIDA

Al final de la singladura, el navío arriba a las costas de la Isla Calavera una noche de niebla. Al amanecer, el panorama que divisan desde el barco sugiere peligros primigenios: “Surgiendo del mar, la isla aparecía como una vasta masa de montañas agudas y astilladas. La parte central está inexplorada, dado que las afiladas cumbres presentan una barrera infranqueable al camino del viajero”. Aunque podía definir con precisión el hogar de Kong, esta descripción literal no pertenece al film. Apareció en un número del National Geographic en 1927 que describe la isla de Wetar, en el Océano Índico. Forma parte del relato de la expedición de otro intrépido naturalista, W. Douglas Burden, en su búsqueda y captura de los legendarios Dragones de la Isla de Komodo. Burden y su mujer fueron los primeros en filmar y capturar ejemplares vivos de esta raza perdida de enormes saurios, que trasladaron a Nueva York. Los reptiles no sobrevivieron mucho tiempo a su exhibición pública en el Zoo del Bronx, incapaces de soportar la cautividad.

No es casual que esta historia recuerde al argumento de King Kong. Cooper y Burden se conocieron en el Explorer’s Club neoyorkino, donde aventureros de todo tipo intercambiaban historias e información. A partir de este encuentro, la vieja idea de Cooper de rodar una historia de gorilas tomó un rumbo diferente al previsto. Que la civilización urbana fuese letal a las criaturas salvajes resultaba tan atractivo a su mentalidad de vagabundo que la incorporó al plan de rodaje. Inició así los preparativos de un doble safari. Primero, a África para filmar gorilas. Después, quizá capturando vivo alguno, a Komodo, para hacer lo propio con los dragones indonesios, tal vez con idea de escenificar el enfrentamiento de las bestias.

LA BESTIA

El camino desde esta extravagante premisa hasta el estreno de King Kong no fue fácil. En 1929 el desplome de la Bolsa había arruinado el país y la financiación de documentales exóticos no tentaba a ningún inversor. Fue entonces cuando Cooper se topó con un genio de los efectos especiales en paro, Willis O’brien. El talento de aquel artista para la creación de dinosaurios en movimiento no iba a ser desaprovechado. Contando con las innovadoras técnicas de O’brien, Cooper podía ahora narrar su historia del gorila sin limitaciones a su imaginación. King Kong había sido descubierto.

EL SHOW

De la misma forma que Carl Denham planea exhibir a Kong ante una audiencia sedienta de emociones fuertes, finalmente, Cooper y Schoedsack se hicieron con un sustancioso presupuesto de la productora RKO y se lanzaron a construir decorados y a filmar actores y miniaturas de bestias antediluvianas. Sólo faltaba un detalle. Para desesperación de las jerarquías del estudio, habían empezado el rodaje sin tener escrito el guión. Sin embargo, ese había sido el procedimiento habitual en sus primeras producciones. Se iban a Oriente Medio o a Sumatra para buscar la historia y luego improvisaban un argumento in extremis, escenificado por los lugareños. Como Carl Denham en la película. Por supuesto, un estudio cinematográfico no funciona así, y ellos tuvieron que adaptarse a su disciplina. Por desgracia la muerte del primer guionista y el sucesivo abandono de otros escritores de la plantilla de RKO, volvieron a amenazar la producción. La intuición de Ruth Rose, que sugirió a Schoedsack que sus vidas bien podrían convertirse en una película, la convirtió en la guionista definitiva. Con su escritura, la expedición zoológica inicialmente prevista se convirtió en un viaje en pos de exteriores para una película y la protagonista pasó de ser rehén de convictos en fuga a actriz sin trabajo contratada en el último minuto. Y Denham y Driscoll se modelaron a imagen de Cooper y Schoedsack.

LOS AVIONES ACABAN CON LA BESTIA

Desde el comienzo King Kong siempre estuvo siempre amenazado de muerte por Nueva York. No sólo en la ficción, sino durante todo el complejo rodaje en Hollywood. Desde el cuartel general de la RKO, en el corazón de Manhattan, directivos y accionistas conspiraban para detener la escalada de costes de aquella disparatada superproducción de la que nadie sabía nada, y que podía suponer la bancarrota definitiva de la productora. Por fortuna las argucias de los cineastas salvaron la película. Pero en su ficción, el protagonista estaba condenado. Al final, una escuadrilla de cazas derriba al monstruo en la cúspide del Empire Estate. Picando sobre el simio en uno de los aviones podemos ver a Cooper como piloto y a Schoedsack de artillero. Tampoco es casualidad.

Ambos fueron aviadores en la vida real. Especialmente Cooper, que había pilotado bombarderos tras la incorporación de su país a la Primera Guerra Mundial. Derribado, apresado y dado por muerto, tras el armisticio quiso seguir combatiendo por causas que consideraba honorables. De esta forma, reunió una escuadrilla de voluntarios norteamericanos para volar al lado de los polacos en el conflicto que mantenían con el ejecito soviético, una invasión que los Estados Unidos no había reconocido oficialmente. Esta vez también fue derribado. Enviado a un duro campo de prisioneros ruso, organizó una fuga y recorrió los800 Km. nevados hasta la frontera de Polonia calzado con trapos y armado con un cuchillo.

Regresó de una pieza justo a tiempo para proponer a Schoedsack que lo acompañase por todo el mundo, cargando con una cámara y un par de rifles. Dispuesto los dos, en definitiva, a protagonizar la verdadera historia de King Kong.

(Publicado originalmente en Scifiworld nº7, Septiembre, 2008)

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2 comentarios el “King Kong: la historial real

  1. Lucas
    19 noviembre, 2016

    Qué buena historia! Tuve la oportunidad de ver la versión original de King Kong y me parece tan emocionante que supongo que los primeros espectadores perdieron la cabeza viéndola. Buscando información al respecto llegué a esta página. Gracias por esta increíble historia

    Le gusta a 1 persona

  2. Pingback: King Kong, la octava maravilla del mundo - El jardin del pulpo

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Esta entrada fue publicada en 12 junio, 2011 por en Cine, Narraciones y etiquetada con , , , , , , , , , .
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